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1. Luci
Swindoll
Luci Swindoll
(Agradezco esta oportunidad de escribir algo acerca de Orville. Él es mi héroe, de modo que es un placer. Lo que sigue es una historia relativamente reciente. Sucedió hace unos seis años.)
Por causa de este don, hace unos años, cuando quise comprar una computadora, le pedí a Orville que me ayudara a escoger la más adecuada que tuviera todos los accesorios más actualizados. Sin vacilar, no solo aceptó ayudarme, sino que dijo que él mismo la armaría. Escogería todo lo que me haría falta y me la traería. Quedé encantada. Como él vive en Miami, Florida y yo vivo en Palm Desert, California, él escogía los componentes, los cargaba a mi tarjeta de crédito y de a poco fui pagando la cuenta. Durante varias semanas fue recogiendo con cuidado los elementos apropiados para crear una máquina a la medida de mis necesidades. Finalmente llegó el día de la entrega. Orville bajó del avión en California con una sonrisa de oreja a oreja. Nos saludamos afectuosamente y mientras me dirigía a la playa de estacionamiento para buscar mi automóvil, él fue hasta el carrusel para retirar sus maletas y cajas. Se imaginarán mi sorpresa cuando al arrimarme al cordón lo encontré parado con una valija y nueve cajas de equipos de computadora. ¡NUEVE! Casi me desmayé. Le dije: «Vaya, Orville … ¿cómo lograste llegar hasta aquí con tantos bártulos? Todo esto le despachaste, ¿verdad? Fue demasiado molestia. ¿Cómo lo hiciste?». Nunca olvidaré lo que me contestó. Echo la cabeza para atrás, se rió con ganas y, mientras cargaba las cosas en el baúl del auto, en una especie de susurro me dijo: «Hermanita … nada es molestia a menos que tú lo permitas». ¡Vaya! Muchas veces me ha venido a la mente ese comentario: Nada es molestia a menos que tú lo permitas. Orville me enseñó ese día algo que llevaré conmigo durante el tiempo que me quede de vida. Fue un comentario muy dulce, amable y alentador. Y mientras él y yo trabajamos durante dos o tres días armando mi computadora, me encontré repitiendo la frase una y otra vez. Lo sigo haciendo … ¡casi todos los días, por un motivo u otro! Este es el lema para la vida de Orville. Es lo que le ha posibilitado viajar por todo el mundo, hablar en otros idiomas, vivir en otros países, soportar las dificultades de la vida misionera, estar sin un peso sin quejarse y criar una familia maravillosa. Cuando mi computadora
ya no funcione y yo esté rumbo a la gloria, todavía me acompañarán
las sabias palabras de Orville: «Nada es molestia a menos que tú
lo permitas».
Keith Bentson
Orville ha sido una columna en nuestro medio desde el principio. Cuando hubo algunas expresiones primitivas de índole profética, nuestros ojos giraron hacia él para ver su reacción. Si sus ojos se iluminaron, los nuestros también. Si su mirada permanecía indiferente —como si él estuviera aburrido—, entendíamos que lo que estaba llegando a nuestros oídos era de procedencia “casera”. Una columna sirve de punto de medida; por ella se calculan las posiciones de los otros elementos. Una columna es tan visible que no es necesario que emita muchas palabras. Orville hablaba, pero desde el punto de vista de uno que estaba ya arraigado y firme. No se movía fácilmente por ideas, énfasis o vientitos. Ponderaba las cuestiones, y antes y después de pronunciarse, nunca dejaba en posición menospreciada a otras personas por sus aseveraciones. Justamente, uno de sus grandes aportes al ambiente nuestro era su sincero y profundo respeto por los pensamientos e ideas de otros; aunque no los compartiera. Nunca imponía lo suyo con la fuerza de su personalidad, que en sí es fuerte. Cuando los demás éramos capaces de entusiasmarnos por una buena palabra, nuestro Orville con fe serena apoyaba casi como si hubiera estado allí antes, esperándonos llegar. Ciertamente, su fe, su profunda y pacífica fe —sin acrobacias—, lo ha caracterizado durante estos años. Si soplaban aires perturbadores, él no se perturbaba. Si aparecía insinuación de un posible desvío, él no se desviaba. Malas noticias no lo afectaban. El Capitán Jesús controlaba el timón. Su mente, siempre concentrada en sus múltiples deberes —que cumplía religiosamente—, no obstante podía estacionarse para escuchar atentamente a aquel que venía con problemas aun de tamaño minúsculo. Era un padre. A pesar de su capacidad por hacer muchas cosas simultáneamente, por poseer convicciones claras sobre prácticamente todas las cosas, y por su capacidad ejecutiva, nunca se encontró en él un aire de superioridad o de querer ser el número uno. Para él ser número uno, tres o siete era lo mismo. Su alma se gloriaba cuando
adoraba a Dios. Eso sí. En una reunión grande o chica, o
cuando se sentaba solitariamente al piano, con facilidad se elevaba hacia
Aquel a quien amaba. Él fue nuestro gran maestro de la verdadera
adoración. Si en alguna reunión no se producía un
espíritu de adoración como uno hubiera querido, no le molestaba
nada acortar el tiempo de canto para proseguir con los anuncios o el mensaje.
O se adoraba en espíritu, o a otra cosa.
Angel Negro
Hace muchos años,
cuando era muy joven, conocí a un pastor con mucho carisma y muy
brillante en todas las áreas. Podía dirigir una reunión
con gran soltura, mantener en forma constante la atención de la
gente durante la predicación de la palabra. Además de ser
un buen organizador de las actividades de la iglesia y el trabajo de la
oficina. Lo difícil lo hacía fácil y siempre tenía
respuesta ante cualquier situación. Difícilmente alguien
lo podía poner en el brete y, además de todo esto, burbujeaba
y derrochaba simpatía continuamente. Hasta que conocí
a Orville Swindoll. Un hombre brillante en todas las áreas, pero
que con su brillo procuró que los que estaban cerca de él,
brillaran también con intensidad. No hace falta enseñar a adorar, hay que hacerlo, y cuando los demás lo ven lo hacen. Cuando comenzó el mover espiritual en Argentina, nadie enseñó a adorar. No había cursos de alabanzas, pero todos adoraban y alababan. Poco se hablaba de integridad y santidad, era suficiente con mirar. El ejemplo era el mejor formador de la conciencia. Las personas muy capaces
suelen tener un problema, son impacientes. Ellos suelen hacer las cosas
bien, en poco tiempo y con eficiencia. Por eso se impacientan con los
que no son iguales. Además, solo quieren rodease de personas de
su mismo nivel de capacidad.
Esteban Fernández Miembro de la junta de regentes de la Universidad Cristiana Logos de la Florida; Presidente de la Asociación de Editoriales Evangélicas Hispanas de USA (SEPA) y de Editorial Vida. Nunca pensé que al llegar a Miami Dios nos tendría reservado un encuentro con uno de sus siervos que debíamos conocer; pero fue así. Nunca pensé que Dios usaría la amistad de dos niñas, el amor de una familia y la vida cotidiana en comunidad para darse a conocer; pero fue así. Evidentemente, hasta entonces, no conocía bien a Dios. Conocer a Orville y Erma, y a los suyos, cambió nuestras vidas. Recuerdo el «peso espiritual» que sentí la primera vez que nos presentaron para el cumpleaños de su hija Erma. Aún cuando nosotros no conocíamos al Señor como ahora, percibimos en Orville esa autoridad de siervo de Dios. Nos dieron ganas de saber más y comenzamos a relacionarnos con Jesús mientras compartíamos con ellos. No sólo mientras estudiábamos La Puerta (Puerta, Camino, Meta), sino mientras compartíamos la vida. A los pocos meses habíamos
aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y estábamos
bautizándonos en casa de Orville, y al poco tiempo cada uno de
nuestros hijos. Han pasado nueve años y nos encontramos sirviendo a Dios juntos a través de la literatura cristiana y en el ministerio pastoral. Sin duda, esa formación desde los primeros días hizo mucho más seguro el camino del servicio. Creo y afirmo que aplica a Orville la esencia de lo que Pablo escribe a Timoteo: «No sólo te enseñé, te he mostrado mi manera de vivir, mi propósito, mi fe, mi paciencia, mi amor, mi constancia y hasta mis sufrimientos, para que te mantengas caminando firme y sabiendo de que es posible porque quien te ha enseñado sigue caminando con los suyos firmes y convencidos». Gracias por tu testimonio
de vida.
Franco Arias y familia
Franco y Cecilia Arias viven en Miami junto a sus hijas Aisha y Rayén. Formaron parte del ministerio de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos en Chile, (Grupo Bíblico Universitario de Chile) por muchos años antes de trasladarse a vivir a Miami. Luego de varios años de conocer a Orville, Franco le ofreció el diseñar esta página web y así bendecir a muchas otras familias con su enseñanza y ministerio.
Cuando recién nos casamos (Feb.1995) en la ciudad de Miami, mi esposa (Cecilia) insistía en ir a un grupo dirigido por Orville, quien era muy conocido en Chile. Al principio yo no estaba muy entusiasmado y debo confesar que había bastante escepticismo y prejuicios (sin fundamento) en mi, referente a Orville. Yo no había escuchado nunca hablar de Orville y me formé un preconcepto de él más que nada por ideas erróneas de lo que suponía ser su transfondo eclesiástico. En nuestros primeros contactos con él, me llamó la atención que insistía en que encontráramos una congregación cercana a donde viviamos (Hialeah). Desde que le conocí, comprendí que no era un pastor común y “silvestre”. Este era un hombre de carne y hueso. Hablaba de Cristo como quien habla de un amigo y sin embargo vivía una vida normal. Hasta bromeaba y se reía con todos nosotros quienes viernes tras viernes nos justábamos en el salón principal de la Iglesia Oak Grove. En varias ocaciones, mientras nos preparábamos para despedirnos con una oración final, Orville con una “puntería” admirable, me pedía que despidiera la reunión. El problema es que siempre me lo pedía mientras yo estaba dándole un romántico beso a mi esposa, así que decía: "Franco, ¿nos podrías despedir en oración, después que termines de besar a tu esposa?" a lo cual todos riendo se volvían a mirarnos. Orville podría ser mi padre pero su trato amistoso y respetuoso a la vez, me hacían verlo como al hermano y amigo que siempre quise ver en un pastor. No vivía en las nubes ni el cielo aún y nos enseñó a vivir el evangelio en todo lo que hacemos y a no ver las actividades de la iglesia como lo que definiera nuestra relación con Cristo. Cuando pienso en Orville, pienso también en su esposa Erma Jean. Mientras estoy escribiendo estas líneas, ella está en el hospital debido a una operación a una de sus rodillas. Cuando la hemos ido a visitar al hospital, no he podido dejar de ver a Jesús en su rostro. Su alegría, amor y dedicación son admirables. Estamos muy agradecidos del matrimonio Swindoll quienes, desde sus inicios, han querido agradar a Dios. Aprecio cada momento que hemos vivido junto a Orville y la Hna. Erma. Siempre han tenido tiempo para estar con nosotros y nos han enseñado a tener esa misma disposición con quienes alguna vez han requerido de nosotros. Creo que una de las cosas
más claras que quedan en mi memoria son las célebres frases
que acompañan a cada uno de nuestros encuentros cuando al despedirse
Orville se sonríe y dice: “O.K., O.K., O.K.” o la más
célebre de todas: “Dios es fiel”. Sin duda que así
es...Gloria a Dios.
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